El rendimiento de un depósito a plazo fijo depende fundamentalmente de tres factores: el capital invertido, el tipo de interés acordado y la duración del depósito. Cuanto mayor sea el importe depositado y más largo el plazo de permanencia, mayor será generalmente la rentabilidad obtenida.
El cálculo de los intereses suele realizarse aplicando un porcentaje fijo sobre el capital depositado. Sin embargo, en la práctica existen distintos matices que conviene tener en cuenta. Algunas entidades abonan los intereses al vencimiento del depósito, mientras que otras realizan liquidaciones periódicas —mensuales, trimestrales o semestrales—. Esta periodicidad puede influir en el rendimiento final y en la capacidad del cliente para reinvertir esos beneficios.
También es importante diferenciar entre el tipo de interés nominal y la TAE. El primero refleja el porcentaje simple aplicado al capital, mientras que la TAE incorpora otros elementos que permiten conocer el rendimiento real anualizado del producto. Por ello, la TAE es la referencia más adecuada a la hora de comparar depósitos entre diferentes entidades financieras.
Otro aspecto relevante tiene que ver con la fiscalidad. Los intereses generados por los depósitos tributan como rendimientos del capital mobiliario y están sujetos a la correspondiente retención fiscal. Por tanto, la rentabilidad neta final dependerá también de las obligaciones tributarias aplicables en cada caso.
En escenarios de inflación elevada, además, resulta aconsejable analizar la rentabilidad real del depósito, es decir, el beneficio efectivo una vez descontada la pérdida de poder adquisitivo provocada por el aumento de los precios. Aunque un depósito pueda ofrecer estabilidad y seguridad, si la inflación supera ampliamente el interés recibido, el rendimiento real del ahorro podría verse reducido.
Por ese motivo, muchos expertos recomiendan integrar los depósitos dentro de una estrategia financiera más amplia.