El cliente se encarga de realizar un ingreso de dinero en la entidad financiera y acuerda con esta un plazo de permanencia, que puede variar desde unos pocos meses hasta varios años. Durante ese periodo, el capital genera intereses conforme al tipo pactado en el momento de la contratación.
La rentabilidad puede establecerse mediante un interés fijo, que garantiza que el cliente obtenga una remuneración estable durante toda la duración del depósito, o bien mediante fórmulas variables vinculadas a determinados indicadores financieros. No obstante, los depósitos a tipo fijo suelen ser los más comunes debido a la tranquilidad y previsibilidad que ofrecen.
Una vez finalizado el plazo acordado al comienzo entre cliente y banco, este último devuelve el capital inicial junto con los intereses generados. En algunos casos, el cliente puede recuperar el dinero antes del vencimiento, aunque esto puede implicar ciertas penalizaciones o una reducción de la rentabilidad prevista.
Otro aspecto importante es que los depósitos no requieren conocimientos financieros avanzados. Su estructura es clara y accesible, lo que facilita la comprensión del producto y permite al ahorrador conocer con exactitud las condiciones desde el primer momento.