La rentabilidad de un depósito estructurado se determina mediante una fórmula previamente establecida en el contrato. Esta fórmula recoge las variables que deben cumplirse para generar el rendimiento y especifica cómo se calculará la remuneración en cada escenario posible.
Imaginemos, a modo ilustrativo, un producto cuya rentabilidad está vinculada a la evolución de un índice bursátil. El contrato podría establecer que, si el índice alcanza un determinado nivel al vencimiento, el titular obtiene una remuneración concreta. Si, por el contrario, no alcanza ese nivel, podría recibir una rentabilidad inferior o incluso no obtener la remuneración variable prevista, dependiendo de la estructura del producto.
- En consecuencia, la rentabilidad potencial está estrechamente relacionada con el comportamiento del activo subyacente y con las condiciones definidas por la entidad. No basta, por tanto, con observar el porcentaje máximo anunciado: es necesario conocer qué circunstancias deben producirse para alcanzarlo.
- Otro elemento relevante es la diferencia entre la rentabilidad nominal y la rentabilidad efectiva. El inversor debe valorar el plazo total del producto y las condiciones de pago para determinar el rendimiento que realmente obtendrá sobre el capital comprometido. Asimismo, resulta esencial conocer si la remuneración se abona periódicamente o únicamente al vencimiento.
La documentación precontractual debe explicar de forma clara estos escenarios. El inversor debería poder identificar qué ocurre si el mercado evoluciona favorablemente, si permanece estable o si registra una evolución negativa. Solo mediante esta lectura completa es posible valorar adecuadamente la relación entre rentabilidad esperada, plazo y riesgo.
En este contexto, la rentabilidad potencialmente superior a la de un depósito tradicional no debe interpretarse de manera aislada. La contrapartida es una mayor complejidad en la determinación del resultado final, puesto que este depende de variables que escapan al control del titular del producto.