Supongamos un depósito de 50.000 euros, con un TIN del 2,50 % anual y un plazo de doce meses, con pago de intereses al vencimiento y sin otros costes asociados.
El cálculo nominal sería: 50.000 € × 2,50 % = 1.250 €
Al finalizar el periodo anual, el cliente obtendría 1.250 euros brutos en intereses, además de la devolución del capital inicial, siempre que se cumplan las condiciones establecidas.
En este supuesto, al tratarse de un plazo de doce meses y bajo unas condiciones sencillas de liquidación, la relación entre TIN y TAE resulta particularmente directa. No obstante, si modificamos el escenario —por ejemplo, reduciendo el plazo, cambiando la periodicidad de liquidación o incorporando determinadas condiciones— la TAE puede ofrecer una referencia diferente y más adecuada para comparar el producto con otras alternativas.
Imaginemos ahora dos depósitos hipotéticos con características distintas. El primero ofrece un TIN elevado durante un plazo determinado, mientras que el segundo presenta un TIN ligeramente inferior, pero unas condiciones de liquidación que hacen que su TAE resulte más competitiva. Atendiendo únicamente al TIN, el primer producto podría parecer preferible. Atendiendo a la TAE y al conjunto de las condiciones, la conclusión podría cambiar.
Este ejemplo ilustra la razón por la que TIN y TAE deben leerse como indicadores complementarios. El primero permite conocer el tipo nominal aplicado al capital; el segundo facilita una comparación homogénea de la operación en términos anuales.
Para quien analiza depósitos con criterio financiero, la clave no reside, por tanto, en buscar exclusivamente el porcentaje más elevado, sino en comprender qué representa cada cifra y qué condiciones existen detrás de ella. Un depósito es una decisión de asignación del ahorro y, como tal, exige valorar conjuntamente rentabilidad, plazo, liquidez, seguridad y fiscalidad.